
Se me dijo hace unas semanas que el arma más poderosa que tiene el Diablo en contra nuestra es la derrota que ya nos ha infringido: los pecados pasados, las debilidades pasadas... Se convierten en un muro grueso y formidable, muy dificil de romper, que nos impide ponernos otra vez en marcha, querer otra vez el bien y movernos por él... Esto es cierto: es difícil, es casi imposible superar el escándalo del propio límite, del propio pecado. Para mí, roza lo imposible. Y cada vez que vuelvo a caminar después de haberme caído, es un milagro que se opera para ponerme en marcha...
Es verdad que la libertad es una fuerza irreductible: porque no importa desde qué prisión de pecados se parta, desde el interior de qué mazmorra impenetrable seas convocado, la libertad se juega siempre igual... siempre radical... Sí o no. "¿Me amas?", como le preguntó Jesús a Pedro junto al Mar de Galilea (Jn 21). Pero decir "Sí" desde ahí dentro... desde detrás de esas murallas... es posible (siempre es posible) pero es tan... misteriosamente difícil.
La fuerza que mueve la libertad es la esperanza... Porque nadie se mueve realmente más que por un bien cuya bondad se derrama en tiempo, hacia el futuro. Desesperar es tan terrible... tan destructivo, tan monstruoso... más que cualquier bomba nuclear... más que todo. Pero desesperar es tan fácil... es una pendiente tan resbaladiza: una tentación tan estúpida y tan potente... La tentación de no ser, de morir.... La tentación de dejarse aplastar por el pecado.
Se necesita una gran fuerza para hacer ese único esfuerzo (¡mínimo!) en el que consiste la dignidad humana... Se requiere una gran fuerza para matar la pequeña muerte, para resucitar cotidianamente del fondo de la propia culpa. Se necesitaba que un Dios se hiciera hombre para devolvernos la fuerza de nuestra propia dignidad: la de decir, en medio de la oscuridad, "yo estoy hecho para la luz" o más simplemente "deseo la luz"... Se necesitaba que un Dios se hiciera hombre para hacernos hombres nosotros mismos...
Hombre... Acontecimiento... Fuerza, Potencia, Realidad presente... No recuerdo piadoso, no entrañable reminiscencia... ¡Hombre! ¡Hecho! ¡Rostro! ¡Presente! Para blandir otra vez esa fuerza irresistible que hace la diferencia entre los vivos y los muertos: la vocación. Es necesario volver a escuchar ahora, ahora mismo, aquella voz que dijo "¡Lázaro! ¡Sal fuera!"...
texto de Exequiel Monge (escrito el 30 de Junio de 2009)
¿Hasta dónde llevó el "sí" que Simón, Pedro el Apóstol, dio a Cristo ese día en el mar de Galilea?
El Martirio de San Pedro, de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571 - 1610)


